miércoles, 23 de enero de 2013

Mundo de datos: El peligro no es lo que contamos


Nuestra vida, la vida de nuestra civilización occidental, ha pasado a ser una colección de datos. Basta sólo echar un vistazo a unas cifras de las estadísticas que se ocultan tras los servicios de redes sociales
  • Twitter generó 10 terabytespor día en 2010
  • Facebook produjo 25 terabytes por día en 2009 sólo en ficheros de log 
  • La compañia de juegos sociales Zynga generaba ya en 2010 1 petabyte de datos (1,000 terabytes) 
Muchos de los datos que cada uno de nosotros aportamos lo hacemos de modo voluntario, como opción vital de abrir parte de nuestra vida a los demás. Y soy un defensor de ello, compartir mínimamente aficiones y/o conocimiento tiene altos retornos de inversión personal y creativa. En estos últimos años, algunas de las personas que primero conocí a través de las redes sociales para después devirtualizarlas figuran en el cuadro de honor de quiénes más me han aportado en este sentido: Marc GarrigaJose Luis MarínFelix SerranoAlberto OrtizJordi Graells, ... y una larga lista. Y muchas más que deseo desvirtualizar. Ninguna de ellas las hubiera conocido sin antes sumergirme en la red. Las Redes sociales han sido un acelerador de relaciones para alguien fundamentalmente introvertido como quien escribe. Y sin embargo continuamente nos alertan de los riesgos del rastro voluntario, como recientemente un informe en UK.
  

Mi vida, en particular, es un rastro de datos públicos. En mi TL de twitter pueden encontrarse desde el registro de mis sesiones de running, hasta mis películas favoritas o mis idas y venidas en avión. También mis lecturas de artículos profesionales o las fotos de aquellos sitios por los que transito. Hay quien me ha aconsejado dejar de hacerlo, pero como decía antes, es más lo que gano con el #lifelogging que la parcela de intimidad que pierdo. Incluso decidí participar en experimentos como "The Human Face of Big Data", pero esa es otra historia.

Me preocupan más esos rastros involuntarios. Los registros de las transacciones de nuestra vida electrónica. Aspectos más definitorios de quiénes somos como los libros que leemos y que además ya nunca nos pertenecerán como antes. Y no es el único ejemplo. Nuestra tarjeta de crédito es un generador de perfil sobre nuestras costumbres de consumo y el uso de nuestro móvil una fuente secundaria de negocio para las operadoras. Por no hablar de lo que contarán de nuestras costumbres los contadores inteligentes de luz, agua y gas. Todo ello, sin nuestro permiso. O lo que es peor, sin posibilidad de nuestro control.

Si algo es necesario, no es el control sobre los datos que deseamos compartir si no sobre los datos que involuntariamente tenemos que dar.
 

1 comentario:

palyginti kainas